November 30, 2022

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De la creación a la locura, y viceversa

El peligro de estar cuerda, de Rosa Montero

Hacer juegos de sentido con el tópico del trastorno mental ha sido siempre una tentación, particularmente entre quienes se creen a salvo de padecerlo. Innumerables aforismos, por otro lado, mitigan la gravedad de la locura e incluso le endosan virtudes excepcionales. “Si yo no hiciera al menos una locura por año me volvería loco”, escribe Vicente Huidobro en el prefacio de su monumental ‘Altazor’, evidenciando la diferencia de matiz: no es lo mismo serlo que parecerlo.

“Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza”, anota Rosa Montero en la primera línea de su libro, advirtiendo que este no será un nuevo ‘Elogio de la locura’. Y si bien hay mucho material de interés clínico, ‘El peligro de estar cuerda’ tampoco es un tratado de carácter científico. El buen oficio de la autora le ha permitido elaborar una obra de no ficción atenido a las pautas del género narrativo.

Así, el mapa sobre el que Montero va hilvanando lo narrado parte de su experiencia como periodista de notable trayectoria, decana del periodismo moderno merced a su labor en el otrora prestigioso diario ‘El País’. La española se toma a sí misma como pretexto para, a partir de un análisis comparativo, dilucidar si su mente, en tanto la de una creadora, comporta algún grado de trastorno mental. No hay en su presunción juicios de mérito. Antes bien se cuida de advertir que genio no es necesariamente sinónimo de artista: “El psiquiatra se refiere todo el rato a los genios, pero, como ya he dicho, estoy por completo segura de que es algo que nos sucede a todos los artistas, buenos, malos y pésimos”.

Esta relación de biografías detecta un patrón psicológico en el que abundan obsesiones, temores, manías y compulsiones que permiten lucubrar la hipótesis: “Proust se metió un día en la cama y no volvió a salir (y lo mismo hicieron, entre muchos otros, Valle-Inclán y el uruguayo Juan Carlos Onetti); Agatha Christie escribía en la bañera; Rousseau era masoquista y exhibicionista; Freud tenía miedo a los trenes; Hitchcock, a los huevos; Napoleón, a los gatos…”.

Sostiene Montero que la virtud del creador proviene del trauma y expone las experiencias de Francis Scott Fitzgerald, Mark Twain, Louis Althusser, Phillip K. Dick, Auguste Strimberg, entre otros tantos, sin que quede zanjado el natural cuestionamiento de qué ha sido primero, si la llaga o la luz.

Se trata de un libro que establece coincidencias entre locura y arte, entre creatividad y extravagancia, entre poesía y morbilidad, un libro que no aspira alcanzar conclusiones sino a comprender los impulsos y motivaciones del genio creador. En el camino Montero apunta interrogantes (“¿habría escogido Van Gogh ser menos genial y no sufrir tanto?”, “¿habría sido Dostoievski el enorme escritor que fue sin padecer la terrible epilepsia que tenía?”) e intenta respondérselas con base en su condición de lectora y diletante cultural.

Se nos habla aquí de circunstancias que inciden en el vasto territorio de la personalidad humana, determinando desde su forma de amar hasta su relación directa con el hecho mismo de vivir. Se trata de personas que aman con una rotundidad demoledora. Que viven con la misma intensidad con la que se desviven. Y que se desviven a tal punto que muchas renuncian a la existencia apelando por mano propia a la muerte. “La lista resulta apabullante: Cesare Pavese, Romain Gary, Gérard de Nerval, Jack London, Maiakovski, Malcolm Lowry, Anne Sexton, Mishima, Walter Benjamin, Arthur Koestler, Paul Celan, Alejandra Pizarnik, Hemingway, Stefan Zweig…”.

Muchos de estos “locos egregios” asimilan la manifestación artística al aire que el resto de los mortales requiere para vivir. De tal manera que es la falta de este ejercicio el que los abisma en la locura. “Todos tenemos claro que escribir nos salva. O, al menos, todos aquellos que nos vemos forzados a juntar palabras para poder aguantar el miedo de las noches y la vacuidad de las mañanas”, dice Montero.

Abunda la autora de ‘El peligro de estar cuerda’ en las vidas de Clara Schumann, Emily Dickinson, Sylvia Plath, Virginia Woolf, y otras mujeres a las cuales el entorno sexista censuró implacablemente –a veces hasta con tratamiento médico–, demonizando un genio acaso reservado a los hombres. Sus particulares travesías añadieron a su obra condición de proeza.

Todo ello va compaginado con una soltura que constituye una de las mejores virtudes del libro, que, como mencionamos, se vale del recurso narrativo para ganar en amenidad. Entretejidas en el discurrir de datos históricos, Montero introduce y desarrolla varias anécdotas personales. Ninguna resulta tan portentosa como la historia de la existencia de una doble –su ‘doppelgänger’– que la perseguirá por años a través de todo el mundo y cuyo final, esencia coagulada de lo que ha venido tratando, asombrará a los lectores.

Fuente Ultimasnoticias

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