enero 20, 2022

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Controles, abusos y amenazas: Una venezolana cuenta el infierno que sufrió en el aeropuerto de República Dominicana

Denuncian que en el aeropuerto de Santo Domingo tratan a los pasajeros venezolanos como delincuentes

a autora de este relato es Beatriz Cisneros, consultora en Planificación Estratégica y Gestión de Innovación, internacionalista y activista ciudadana. En su testimonio destaca que los funcionarios de inmigración de Santo Domingo tratan a los pasajeros de Venezuela como delicuentes, secuestrando sus pasaportes sin explicación alguna y cometiendo todo tipo de atropellos

Luego de tres años sin haber salido de Venezuela, el 9 de diciembre de 2021 volví a tomar un avión para reencontrarme con mi hija en España. Como las condiciones de nosotros, venezolanos, cambian aceleradamente y siempre hacia peor, en esta oportunidad el viaje era más complejo debido a las pocas rutas aéreas existentes desde nuestro país.

Ir a España me exigió el tránsito por República Dominicana. Sin embargo, debido a que en el último momento pude modificar mi vuelo de retorno, gracias a la apertura de vuelos especiales directos a y desde Madrid, me libré de la obligación de sacar una visa dominicana, ya que el vuelo de ida hacia España demandaba un tránsito de tan solo cinco horas en la isla caribeña. 

No imaginaba que ese corto tránsito se tornaría en horas de indignación y tristeza, al ser víctima del mayor atropello del cual, como venezolana, haya sido objeto.

Sin explicaciones

Al arribar a Santo Domingo, un oficial de inmigración preguntó quiénes estaban en tránsito y quiénes no tenían visa, la cual no era requerida en tránsito menor a siete horas. A aquellos que estábamos en esa condición se nos solicitó el pasaporte y se nos pidió ubicarnos en un espacio aparte en el área de inmigración.

Los funcionarios dominicanos dejan a los pasajeros venezolanos sin sus pasaportes

En virtud de que no nos daban información alguna, solicité explicaciones señalando que no tenían derecho a retener nuestros documentos de identidad venezolanos. Como respuesta me ordenaron que regresara al sitio donde nos habían ubicado originalmente. Me dijeron que yo estaba en otro país y que debía atenerme a las normas de ese país, lo cual refuté respetuosamente apelando al Derecho Internacional.

A partir de ese momento, nuestro grupo -compuesto por unos 30 venezolanos- estuvo bajo la estricta custodia de cuatro funcionarios de inmigración con un chequeo constante, persona por persona, durante las cinco horas que duró nuestro tránsito, impidiéndonos libertad de acción para realizar el chequeo de nuestro vuelo en Iberia e ir a comer.

Retiro de maletas

Para retirar las maletas debíamos pasar de dos en dos, acompañados por un oficial de inmigración. Una vez con nuestra maleta en mano, nos regresaban al espacio en el que estábamos confinados hasta que todos los pasajeros venezolanos en tránsito hubiesen recuperado su equipaje.

Finalizado el proceso, pasaron lista con cada uno de nuestros pasaportes verificando que todos estuviésemos ahí. Concluido el pase de revista, indicaron que nos trasladarían al área de chequeo de los vuelos y que debíamos ir con los funcionarios ordenadamente en fila.

Nuevamente pregunté por la entrega de nuestros pasaportes y al recibir por respuesta que los mismos seguirían retenidos, expresé por segunda vez mi malestar por ello.

Los pasajeros venezolanos son sometidos a múltiples controles

– A usted como que le gusta mucho la tierra de Chávez que desea regresar allá, me dijo uno de los funcionarios.

– Me está dando la impresión de que República Dominicana no está mejor que mi país, le respondí, añadiendo que yo no tenía ningún interés en permanecer en su país y que solo estaba en tránsito hacia España.

Ante mi respuesta, el funcionario indignado me acusó de falta de respeto y me amenazó con montarme en el vuelo de regreso a mi país, momento en el que, indudablemente, sentí el temor de no poder reencontrarme con mi hija después de tres años sin haberla visto.

Sin embargo, fue peor el reclamo de algunos venezolanos que me señalaron que “por mi culpa” los iban a retener más a todos. Esta reacción me obligó a tomar un profundo respiro y tranquilizar mi indignación, esperando tan solo llegar al chequeo en Iberia, pensando que ahí finalizaría el trato de delincuentes que estábamos recibiendo. Pero estaba equivocada.

Chequeo en Iberia

Una vez en el área para el chequeo de vuelos en las líneas aéreas, hubo el segundo control de pasajeros. Antes de ingresar al espacio delimitado con correas para hacer la cola frente al mostrador de Iberia, un funcionario de inmigración fue llamando uno a uno mediante la lectura del pasaporte. 

El sentido común me decía que, al llamar al pasajero, le entregarían su pasaporte para hacer su chequeo. Pero no, el sentido común no existe en el servicio de inmigración de República Dominicana, solo el irrespeto absoluto a los derechos de los venezolanos. 

Tirados en el piso y maltratados, los venezolanos sufren su tránsito en Santo Domingo

Al ingresar a la cola, un lote de pasaportes eran traspasados a otro funcionario, que era el encargado de entregarlos uno a uno al empleado de Iberia.

Llegado mi turno, expresé al empleado de Iberia mi indignación por el atropello a los venezolanos. El empleado mostró sentir cierta vergüenza y, quizá por ello, con discreción me entregó el pasaporte y mi boarding pass, los cuales recibí con oculta emoción.

¡Alegría de tísica! Otro funcionario de inmigración se percató de que yo iniciaba mi retirada, pasaporte en mano, y llamó la atención de otro funcionario en voz alta: ¡La señora se está llevando el pasaporte, retíraselo!

Con mi indignación multiplicada a la N potencia me di vuelta y le dije, esta vez sí en voz alta:

– ¿Por qué? ¡Es mi pasaporte! Ya estoy chequeada, ya mi maleta está entregada. ¿Qué más quieren?

– Señora, vaya a donde están todos los pasajeros al final de la sala y quédese tranquila. No busque problemas.

La imagen que vi al dirigirme a la sala me generó aún más indignación y una profunda tristeza. Venezolanos sometidos, sentados en el piso, comiendo apenas de unas bolsas de papitas, esperando la siguiente orden de los funcionarios de inmigración.

Negada a ser parte de aquella imagen, me mantuve parada y literalmente con “cara de perro”. Mi rabia ante aquel atropello me hizo rememorar las numerosas veces en que estuve frente a un pelotón de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) reprimiendo nuestras protestas.

Una joven se me acercó y me dijo: Señora, ¿usted cree que la dejen montarse en el avión?

– Claro que sí, respondí. Y me montaré con la cabeza bien en alto.

La abogado que había hecho el vuelo desde Caracas a mi lado, también se me acercó y le dije: Usted sabe que esto es un atropello. Usted sabe que es ilegal que retengan nuestros pasaportes durante todas estas horas sin motivo alguno.

– Sí, pero hay miedo, me respondió la abogada.

Miedo, la terrible emoción que tanto daño nos ha hecho a los venezolanos desde que nos la sembraron. El miedo se ha impuesto a la dignidad y a nuestra capacidad de hacer valer nuestros derechos. 

Completado el chequeo de todos los pasajeros en Iberia, vino el tercer control por los funcionarios de inmigración, como si aún después de chequeados para salir a España, alguno hubiese decidido escaparse para quedarse en esa isla.

Los venezolan cuentan con muy pocas opciones para viajar al exterior

Nuevamente, pasaporte por pasaporte. A mí no me mencionaron. Minutos antes un funcionario había llamado a Beatriz Elena y al identificarme, me preguntó si yo me había quedado con el boarding pass. En efecto, al quitarme el pasaporte, yo había conservado mi pase de embarque. 

El funcionario me dijo que no importaba que me lo quedara. Era obvio que lo importante era dejarme sin identidad.

Control de seguridad por RX

Antes de acceder al espacio de control de seguridad, debíamos subir por escaleras mecánicas. Un cuarto control, nombre por nombre, antes de que cada pasajero pusiera un pie en esa escalera.

Nuevamente no me mencionaron, pero no me inmuté y subí. Como suele hacerse, en esta zona debemos retirarnos zapatos, correas y carteras para ponerlos en una bandeja.

En este paso mi indignación subió a otro nivel y debí hacer un esfuerzo sobrehumano para no expresarlo, al ver al funcionario vaciar en la bandeja los sobres donde estaban nuestros pasaportes, quitarse sus zapatos y ponerlos sobre nuestros documentos de identidad.

Puerta de embarque

Después de cinco horas de haber tocado tierra dominicana, estábamos en la puerta de embarque, sin haber comido, sin haber ido a un baño, privados de libertad. Ya era el quinto control, pero esta vez a cada pasajero que era llamado le era entregado su pasaporte para ingresar al avión.

Cisneros había comprado su boleto de Iberia para viajar a Madrid

Terminaron de entregar los pasaportes y no me mencionaron. Sin inmutarme, aunque ciertamente con un frío por dentro, hice un gesto con mis manos expresando la demanda de mi pasaporte al funcionario que me había estado ubicando anteriormente.

– Yo no lo tengo. ¿Tú tienes el pasaporte de la señora? Le preguntó al que obviamente era de rango mayor.

– Yo no lo tengo, respondió el otro. ¿Lo tienes tú?, preguntó a un tercero que respondió negativamente.

Siendo casi la única que quedaba en la puerta de embarque, sola con aquellos tres hombres, hice un gesto con la cara queriendo decir: ¿Y entonces? El funcionario mayor sacó mi pasaporte de su bolsillo, batiéndolo con una sonrisa cínica y diciendo: ¿Lo quería? Aquí lo tiene.

Tomé mi pasaporte y le dije: Usted es un falta de respeto, es un grosero. Ustedes nos han atropellado, violando nuestros derechos.

Mientras me dirigía a la puerta del avión, aquel funcionario me amenazó tres veces más: La voy a devolver a Venezuela. La voy a deportar. La voy a montar en el mismo avión en el que se vino, queriendo amedrentar, a toda costa, a una señora sola y de la tercera edad.

Así estamos siendo tratados en uno de los muy pocos países a los que el régimen de Nicolás Maduro nos permite volar. República Dominicana no debe ser un país de tránsito para los venezolanos que aún tenemos dignidad.

Escribo esto después de haber disfrutado de un merecido y feliz reencuentro con mi hija. Siempre con mi cabeza bien en alto.

Fuente Cronicasdelcaribe

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